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martes, 26 de marzo de 2013

El juicio de Dios (I)


Nada de lo que aquí está escrito, pertenece a la imaginación, todo está reseñado en las Crónicas de su tiempo. Lo que sucede, es que la Historia más terrible que cualquier realidad imaginable.

A comienzos del siglo XIV, reinaba en Francia Felipe IV. Era célebre por su asombrosa belleza: sus
ojos, de extraordinarias tonalidades, que iban variando dependiendo de los reflejos de la luz cambiante, no parpadeaban, miraban fijos a su interlocutor, hasta que éste bajaba su mirada, confundido. Pero en realidad no los miraba, veía a través de ellos; su orgullo era tan grande que a nadie consideraba su igual.

Era el amo absoluto; había dominado a los barones de sus dominios, reducido sublevaciones, anulado a los ingleses en Aquitania y había forzado al papado a instalarse en Aviñón. En los concilios, los cardenales acataban sus ordenes. Los Parlamentos dictaban su voluntad.

Tenía su descendencia asegurada, tres hijos varones y una hija casada con el rey de Inglaterra. Varios de sus súbditos reinaban en Europa. Sólo tenía que preocuparse de asegurar sus fronteras. Esto era sumamente gravoso: los impuestos, siempre excesivos, mantenían al pueblo en la miseria,

Nuevas leyes había impuesto a sus nobles. Para evitar la sangría que significaba que los barones, para solucionar sus querellas, siempre estuviesen guerreando, unificó la justicia, con el consiguiente desagrado de los nobles, que sentían sus derechos mermados.

Para llenar el tesoro real alteró el valor de la moneda, gravó los bienes de la Iglesia y expolió la riqueza de los judíos, los cuales prestaban su dinero a un altísimo interés - lo que utilizaban era usura -. Muchos fueron quemados en la hoguera, entre el regocijo de los endeudados y las hordas de menesterosos, que asolaban las ciudades.

Todo estaba bajo el poder del rey. ¿Todo? No, no todo. Existía desde las primeras cruzadas una organización, formada por segundones de las mejores familias, llamada Orden del Temple, y no se plegaba a sus deseos.

Había ido aumentando en poder, era dueña de los grandes circuitos financieros y mercantiles. Eran banqueros de los reyes y depositaros de sus tesoros.

Sus grandes negocios se habían basado al principio en cosas relacionadas con la fe: vendían trozos de la santa cruz, (en cada iglesia importante había uno), despojos de santos, ampollas de sangre, de los llamados mártires, trozos de harapos que éstos vestían, y así fueron llenando las Iglesias de Occidente de las famosas reliquias de Tierra Santa a la vez que sus tesoros rebosaban.

El rey en su juventud había intentado pertenecer a esta orden, pero el el gran maestre de la misma,
Jacobo de Molay, le denegó la solicitud, aduciendo que en sus estamentos estaba prohibido pertenecer a la Orden, a los reyes en el ejercicio de su mandato.

Esa negación más la necesidad de los bienes acumulados por la orden, fue la causante de su perdición.

Espías del rey habían entrado en la orden y ya estaban dispuestos a testificar contra ésta. Juraban que se ejercía la sodomía, la magia negra, que adoraban a un ídolo con cabeza de gato, se ejercía el culto al diablo, se escupía sobre la cruz, y además habían participado en una conjura contra el Papa y el rey. Estaban dispuesto a declarar cualquier cosa.

En un sólo día más de 15.000 templarios fueron muertos, y los que pudieron escapar, se alejaron presurosos de París

Los cuatro dirigentes más importantes de la orden, fueron detenidos y encarcelados en la misma torre mayor de la casa del temple.

Eran cuatro ancianos, que habían soportado toda clase de torturas. Sus cuerpos mantenían la estructura, pero sus espíritus estaban rotos.

Habían firmado todo, todo lo que sus captores quisieron presentarles para su firma; sólo deseaban morir, sin sufrir más, pero la muerte les era esquiva. Cuando sus maltrechos cuerpos parecían recuperarse de sus laceraciones, volvían de nuevo las vejaciones, los martirios sin piedad, sin misericordia.

Por fin, después de siete años de insufrible tormento fueron condenados a muerte en la hoguera. Estaba la firma del rey Felipe el Hermoso, la de su canciller Guillermo de Nogaret, y la del Papa Clemente.

Fueron llevados los cuatro al patíbulo. Dos de ellos, firmaron su arrepentimiento y fueron devueltos a la prisión. Pero... Jacobo de Molay y su gran amigo Godofredo de Charnay no aceptaron las culpas que habían firmado bajo tortura y se aprestaron a morir.

Los pusieron separados y enfrentados para que ambos viesen la torturosa muerte del amigo. El fuego era más fuerte en la hoguera de Molay y pronto comenzó a lamerle las piernas, y el humo de las llamas fue envolviendo rápido su cuerpo.

Los verdugos, que avivaban los fuegos trataron que el tormento de Molay fuese prolongado y a la vez divirtiese a la muchedumbre que se agolpaba en las cercanías.


También el rey y sus hijos desde el hueco de una ventana veían el castigo y oían los gritos de los ajusticiados y del vulgo.

Desde la torre del castillo, también desde otra ventana, Margarita de Borgoña, esposa del heredero, y Blanca de Borgoña, casada con el tercer hijo del rey, junto a sus respectivos amantes los hermanos Aunay, gozaban del espectáculo.

Ya el vulgo comenzaba a impacientarse, los verdugos se lanzaron a avivar las brasas, y el viejo Molay luchador incansable, guerrero de Dios, cuando ya las llamas, rodeaban su cuerpo enjuto y su piel saltaba abierta, chamuscada, sus cabellos como un halo de de fuego y los ojos saliéndose de sus órbitas, gritó con voz atronadora: Felipe, Guillermo, Clemente; yo os emplazo a que antes de un año os presentéis junto a mi en “el Juicio de Dios”. Y tú rey malvado, y tu estirpe seréis malditos hasta la séptima generación.

El rey se retiró del ventanal satisfecho de su obra.

Varios días después, un jinete llegaba al palacio, sudoroso y enlodado, sin haber podido descansar, ni un sólo momento. Traía carta del canciller del Papa, éste se encontraba en camino y sintiéndose fuertemente indispuesto, fue encamado: algo en su estómago no estaba bien. Por más que sus servidores hicieron (entre ello, darle piedras preciosas machacadas) nada se pudo hacer por él.

Cómo os daréis cuenta mis amigos, literalmente fue empujado a la muerte; la Orden tenía muchos seguidores y amigos, la muerte de Jacobo de Molay, iba a ser vengada.

Continuaremos