.

.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Agua, Tierra, Fuego.



Sobre la arena mojada, allí donde el mar ha poseído a la tierra, ha dejado su semblanza y el símbolo de su poder, entre acantilados que el viento ha dibujado, dejando a las rocas desnudas frente al sol, descarnadas, afiladas, huérfanas de vegetación.

De pie, su cuerpo moreno cubierto por una túnica blanca que la brisa moldea a su capricho, espera.



Sin prisa, con calma, se desprende de la prenda que oculta su desnudez.

Y espera... con los párpados cerrados, espera. Gotas saladas de agua mojan su cuerpo desnudo.

Como cada día, como cada amanecer, ella ha decidido entregarse a sus amantes.

Se tumba, sobre el cálido y húmedo lecho que forma la arena mojada, y espera...

El más audaz llega, besándola los pies, con caricias largas, repetitivas, va deslizándose por sus piernas torneadas, despacio, despacio, mientras ella permanece quieta, pero... poco a poco, en su mente se dibuja, una explosión de estrellas y sus sienes golpeadas por mil caballos trotando.

Su cuerpo se ha arqueado, tensionado. En sus manos cerradas, un puñado de arena permanece, el cual se va deslizando y formando montoncitos inconexos.


Su respiración se altera, su sangre circula como un torrente por sus venas.

Le resulta imposible permanecer por más tiempo en ese estado, y se lanza angustiada en brazos del amante, el cual la acoge con ternura infinita, como cada día, sin cansancio, sin rechazos, como la primera vez, y se funden y se diluyen y vuelven a ser sólo uno.

Más tarde ella sale de entre sus brazos cansada, limpia de cuerpo y de alma, mientras se van formando olas festoneadas de blanca espuma.

Y agotada vuelve a tenderse en el lecho mojado y ofrece su cuerpo al sol; él aparece trayendo el calor que a ella le falta, abre esta sus brazos, sus piernas y cada poro de su cuerpo, es poseído por él.

Su postura cambia para que ni un milímetro de su piel quede sin la impronta de su amor. El sol la toma, despacio, con suavidad, con rayos blanquecinos, que calientan y enardecen, pero no queman, y allí largo rato sobre ella permanece



Luego, continúa su camino con más fuerza, más brillante, como si adquirido hubiera, la savia del cuerpo de su entregada amante.

Temblorosa recoge la túnica y cubre su desnudez, se despide de ellos hasta el nuevo día, en que esos tres elementos se unan de nuevo: agua, tierra y fuego