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sábado, 5 de noviembre de 2011

La danza infernal


Babeaba, babeaba por las comisuras de sus labios, un rictus que pretendía  ser sonrisa, se extendía por su rostro, afeándolo aún más. Sus ojos vidriosos, miraban sin apenas ver.

Sentado sobre el trono, no reposaba en él, su cuerpo se mantenía erguido (todo lo que era capaz de mantenerlo), cada mano estrujaba la otra y gotas de sudor caían sobre la túnica dorada, aquél color que sólo los reyes podían vestir y para el resto del pueblo estaba prohibido, era signo de la realeza.

Unos mechones de pelo ralo, salpicaban su cabeza que cubría con una trabajada corona de oro, y su piel... afeada por un incompresible eccema, que trataba de cubrir, sin conseguirlo, con la largura de las mangas de su ropaje, ¡imposible! Cualquier movimiento, dejaba las feas ronchas al descubierto.

Era alto, pero la gula había redondeado sus formas. Y una ligera cojera completaba la figura inconfundible del Tetrarca Herodes Antipas. Había sido uno de los hombres más bellos del imperio, pero el vicio y la corrupción hicieron su trabajo a fondo.

Se celebraba su cumpleaños. El salón rebosaba de invitados, que disfrutaban el banquete ofrecido por Herodes. Estaban acomodados a la forma romana, sobre trabajados triclinios cubiertos por elaborados tejidos a la forma oriental.

Sólo él permanecía sentado sobre el trono, impaciente, para recibir su más ansiado regalo. Grandes pebeteros alumbraban el inmenso salón de recepción. De pronto al unísono todos se apagaron, y en el centro de la gran nave, formando un círculo cerrado, una docena de bellos efebos, desnudos, de rodillas y portando una antorcha de tímida luz, enmarcaban una figura femenina, cubierta por trasparentes velos. La bailarina tenía los brazos alzados sujetando parte de las gasas que la cubrían -imaginad, un capullo de rosa pronto a eclosionar-. El silencio era total. Ningún ruido, ninguna música se oía. La doncella dejó caer sus  velos y todos pudieron ver a Salomé, la hija de Herodías, esposa de Herodes, la cual iba a danzar en honor a su padrastro.

Salomé, por Moreau
Su pelo negro como la endrina, le llegaba hasta los pies, como si fuese una segunda piel. La perfección de sus rasgos faciales, alteraba todos los corazones. Un ancho cinturón de oro abrazaba sus caderas y de él pendían multitud de velos de diferentes colores, que le llegaban hasta los pies. En los tobillos, podían verse varias esclavas doradas. Sus piernas eran largas y torneadas, y se percibían entre las gasas, su cadera estrecha y los senos descubiertos, pequeños y como frutos en sazón; los pezones recubiertos de oro.

Solamente unos crótalos en sus dedos, era la única música en la que se apoyaba. Al repiqueteo de éstos, su cuerpo se mecía con voluptuosidad, al igual que el movimiento de una serpiente; oscilaban sus senos y sus caderas se contoneaban de forma insinuante. Cada vez más rápido, cada vez más sensual, hasta enloquecer  a los presentes, de deseo y lujuria. ¿Cuánto duró su danza? Nadie lo supo.

Herodes la llamó a su presencia cuando esta terminó aquella danza que quedó grabada para siempre en la mente de los asistentes.

Salomé, por Tiziano
Ofreciola medio reino, hacerla su esposa, lo que ella quisiera...

Corrió esta al regazo de su madre, Herodías (esposa de Herodes) y volvió sonriendo hacia su padrastro. Pidiole la cabeza de Juan el Bautista. El Tetrarca, la miró desilusionado y a vez nervioso; tenía al Bautista en las mazmorras de palacio pero... temía una insurrección de sus seguidores. No podía dejar de cumplir su palabra dada delante de los comensales, e hizo traer la cabeza de Juan en una bandeja de plata que fue entregada a Salomé y esta llevó orgullosa a su madre.

Los enviados de Yahvé, eran muy recurrentes; todos denostaban al poder y claro morían a manos de él.

Herodías, por Delaroche
Herodes, no había hecho nada especial, más o menos lo mismo que cualquier otro poderoso. Estando en Roma, conoció a Herodías que era la esposa de uno de sus hermanastros. Se enamoró de ella y ésta abandonó a su marido, que a la vez también era su tío, al igual que Herodes, y marcharon a Judea con el beneplácito del emperador Tiberio, amigo de Herodes. Allí ya en el poder, se divorció de su esposa y casose con su sobrina. También fundó una nueva ciudad en honor de Tiberio, llamada Tiberiades y el lago que allí había, recibió el mismo nombre.


Amig@s, la danza de los siete velos, nunca existió. Permanece en el imaginario colectivo a consecuencia de una obra teatral, escrita por Oscar Wilde. Después fue creada una opera con el mismo tema.

Hasta pronto amig@s.


 
Salomé, de Strauss (acto final, interpretado por M. Caballé, con 23 años de edad)